jueves, 30 de enero de 2014

Algunas notas sobre Santa María del Azogue de Benavente

El inicio de su construcción tuvo lugar en el reinado de Fernando II, pero tras un parón volvieron a reanudarse las obras, ya en estilo gótico, en el reinado de Sancho IV, finalizándose las mismas en el primer tercio del siglo XVI. La primera etapa constructiva corresponde a los proporcionados cinco ábsides escalonados con tramos presbiteriales rectos, monumental crucero con dos portadas y perímetro exterior a escasa altura, levantado todo a partir de 1180; un siglo después, en época de Sancho IV, se continuó la fábrica sustituyendo la primitiva pizarra silícea por una toba caliza muy basta; entonces se concluyó el crucero y algunos pilares de las naves; finalmente la tercera y última etapa constructiva con la que se acabó de configurar el edificio tuvo lugar en el siglo XVI; en 1735 se reformó la portada occidental por Valentín Antonio de Mazarrasa bajo proyecto de Francisco Ladrón de Guevara.

 
Es por tanto normal que su interior alterne distintos tipos de cubiertas; los ábsides se techan con las consabidas bóvedas de horno; los tramos presbiteriales alternan bóvedas de cañón los extremos y de ojivas muy capialzadas los tres centrales; las cubiertas del crucero, cien años más modernas, se resolvieron con cañón apuntado en los tramos extremos y con ojivas los otros cuatro; las naves voltean complicadas bóvedas de crucería, pero con adornos renacentistas, volteadas ya a comienzos del siglo XVI; algo más tardía es la construcción de la sacristía, techada con bóveda de cañón y adosada a la nave del evangelio. Similar variedad se produce asimismo en el tipo de apoyos: pilares cruciformes con columnas adosadas en la parte primitiva, algunas adornadas con líneas en zig-zag y bolas, labores que también aparecen en algún arco; son ochavadas las de los últimos tramos de las naves. Los capiteles interiores no interesan mucho, pues se solucionaron con tan sólo motivos vegetales.
 
Al exterior los ábsides rematan con aleros con arquillos -algunos treboladossostenidos por modillones, adornados unos con cabezas de hombres y animales y otros con flores o con rollos. El central queda dividido en tres paños por esbeltas semicolumnas con capiteles vegetales, que enmarcan las tres ventanas allí abiertas, resueltas con arcos semicirculares, de muy escasa luz, sobre columnas pareadas también con capiteles de hojas; los huecos de los absidiolos son similares, si bien con una sola columna por jamba. Los cinco semicírculos quedan ceñidos por molduras. Los vanos del crucero son ya apuntados, pero sin ningún primor.
 
Adosada al costado de la epístola del brazo del crucero está la capilla del Cristo Marino, que se levantaría poco después de haberse proyectado el conjunto.
 
Haciendo abstracción de la portada occidental, interesan por supuesto las abiertas en los hastiales sur y norte, que todavía conservan restos de su policromía. La última tiene tres arquivoltas más una de orlas de flores que descargan sobre tres pares de columnas y jambas, adornadas éstas con los leones y los capiteles de aquéllas con elementos vegetales, aves y dragones. Sobre ella se erigió la torre, rematada también con arquillos trebolados; se la dotó de ventanas apuntadas creciendo en luz y número a medida que se asciende. En cuanto a calidad artística destaca la portada meridional del crucero también con tres arquivoltas decoradas con lóbulos, flores y figuras, como el rostro de Cristo, símbolos de los evangelistas, mujer desnuda, etc.; añade tímpano con cordero místico entre cuatro ángeles turiferarios; las seis columnas -tres por lado rematan con capiteles vegetales. Resulta deudora en detalles concretos de la Colegiata de San Isidoro de León. La portada del primer tramo de la nave de la epístola es más sencilla que las descritas; tiene cinco arcos semicirculares y un tímpano, decorado éste con un árbol.
 
Además de la escultura registrada, es preciso llamar la atención sobre dos imágenes que efigian la Anunciación, muy similares a otras conservadas en Zamora y La Hiniesta y como ellas obras de calidad de finales del siglo XIII.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

San Martín de Castañeda, un lugar privilegiado

El monasterio de San Martín de Castañeda fue construido en un lugar privilegiado por la naturaleza, uniendo de esta forma belleza arquitectónica y paisajística, pues a sus pies se encuentra el Lago de Sanabria, sobre el que los monjes obtuvieron en el año 916 el derecho de pesca. La estancia de los frailes en este lugar se documenta ya hacia el mencionado año, cuando era abad Martín; aunque hay algún autor que adelanta la fecha al año 897. Donaciones y compras a lo largo de los siglos X al XII acrecentaron su patrimonio, además a mediados de esa centuria gozaron de la protección de Alfonso VIII, que va a donar el monasterio a Pedro Cristiano, monje de Carracedo y amigo de San Bernardo, y a cuantos acepten la regla benedictina. En el año de 1207 se incorporará, no sin resistencia previa, a la orden del Císter.
 
Parte de su primitiva historia quedó recogida en una lápida, colocada en el hastial de poniente, que traducida dice así: “Este lugar antiguamente dedicado en honor de San Martín, de reducidas dimensiones, permaneció en ruinas largo tiempo, hasta que el abad Juan vino de Córdoba y consagró aquí un templo, levantó sus ruinas desde los cimientos y lo reconstruyó con piedra labrada, no por orden imperial y sí por la incesante diligencia de los monjes. Estas obras se acabaron en cinco meses, reinando Ordoño (II), en el año 921”. Evidentemente se trataría de un monasterio mozárabe del que no ha llegado más que algunos restos dispersos, unos en la propia iglesia y otros situados en edificios del propio pueblo. Del reconstruido monasterio a partir de 1150 sólo permanece su monumental iglesia, y ello por haber servido de parroquia, y alguna dependencia como el pabellón de entrada, la sala capitular...
 
Siguiendo a José Ramón Nieto González, cuenta con una planta de cruz latina con cabecera triabsidal escalonada, crucero ligeramente marcado en planta y bien potenciado en altura y tres naves de cuatro tramos, con lo que en definitiva parece inspirarse en la catedral zamorana, sin embargo en San Martín las pilas son cruciformes hacia las naves laterales y cuadradas hacia la central. En cuanto a cubiertas hay que registrar las consabidas bóvedas de horno en los semicírculos absidales y cañón apuntado en los tramos rectos que los preceden; estas capillas quedan separadas de sus correspondientes naves por arcos semicirculares en las laterales y por uno peraltado en la central; también la nave principal y los brazos del crucero se cierran con bóvedas de cañón agudo, pero en el centro de éste se elevó una nervada y baída, tal vez inspirada en el monasterio de Moreruela, cuyos nervios apean sobre ménsulas de rollos. Las naves secundarias se techan con bóvedas de arista, de mampostería de pizarra, pero alguna hubo de reforzarse con nervios; existe igualmente una de arista en la nave de la epístola.
 
De particular belleza es su cabecera por el exterior; el ábside central se anima por cuatro columnas que lo dividen en cinco calles, más estrechas las extremas, abriendo las anchas una ventana por lienzo sobre columnas con capiteles vegetales esquematizados que apean dos arcos. La cornisa, de tipo zamorano, corre sobre canecillos triangulares. Los absidiolos presentan tres columnas con capiteles vegetales organizando cuatro carrerras; rasgan una ventana con un solo arco redondo sobre columnitas. Capiteles y canecillos son similares a los de la capilla mayor. También es de gran belleza el hastial norte del crucero con una arquería ciega de cuatro arcos alancetados sobre esbeltas columnas con capiteles vegetales en su cuerpo medial; en lo alto, bajo la cubierta a dos aguas, se abre una ventana con arco semicircular.
 
En general, el edificio se caracteriza por la contención decorativa, pero no obstante hay una larga serie de capiteles en las ventanas y pilares de las naves que lucen motivos geométricos, vegetales y en menor medida figurados, tal vez por la dificultad objetiva del material, el granito. Esa dureza dificulta también la identificación de las marcas de cantería repartidas tanto por el interior como por el exterior del templo.
 
De la puerta del hastial de poniente poco queda en su estado original, pues se reformó en 1571 empotrando un relieve granítico de San Martín y el pobre y escudos, no obstante se conserva el óculo con zig-zag y puntas de diamante. En lo alto se rasgó un óculo. Remata todo una espadaña dieciochesca. En la nave meridional se conservan dos portadas; la tangente al brazo del crucero voltea cinco arcos escalonados sobre columnas con capiteles vegetales; la otra, a los pies de la nave, tiene arco doblado; una y otra comunicarían con dependencias conventuales y con el claustro del que sólo se conservan arcosolios agudos y arranques de bóvedas de terceletes, ya del siglo XVI, cuando también se construyó la sala capitular, cubierta con dos bóvedas de crucería ya con ornatos renacentistas.
 
Fueron importantes las obras llevadas a cabo en el siglo XVIII, que en gran medida rehicieron varias dependencias monacales, como la actual entrada al conjunto, pero mayor interés tiene la fachada barroca, de 1760, que potencia el eje central, donde se abre la puerta bajo un balcón volado entre pilastras cajeadas y decoradas con placas recortadas, que indican procedencia gallega.
El conjunto fue restaurado por Luis Menéndez-Pidal y Francisco Pons Sorolla y recientemente por Garcés, que ha utilizado criterios muy atinados.
 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Palacio Provincial de Zamora, verdadero testimonio de una época

El antiguo Palacio del Conde de Campomanes fue adquirido en el año de 1867 con el objetivo de convertirlo en la Casa-Palacio de la Diputación de Zamora, reuniendo así en ella todas y cada una de las oficinas provinciales. Pero la crisis revolucionaria de 1868 y la carencia de fondos en aquel preciso momento motivaron la suspensión de las obras y el cese de por aquel entonces arquitecto provincial, el madrileño Pablo Cuesta y Sánchez. Por tanto, las oficinas de la Diputación se veían nuevamente sometidas a sucesivos y temporales realojos, desde el Palacio de los Mazariegos hasta el Hospital de Sotelo, pasando por el antiguo convento de las Marinas. Habrá que esperar hasta la estabilidad de la Restauración alfonsina para que el proyecto definitivo del nuevo Palacio Provincial tome forma.

El 19 de noviembre de 1875 se envió comunicación a Pablo Cuesta, por aquel entonces en Madrid, con el objeto de ofrecerle la dirección facultativa de las obras. Tras la dirección de Pablo Cuesta y Sánchez (1876-1878), el 26 de febrero de 1878 Segundo Viloria Escarda tomó cargo de su plaza como nuevo arquitecto provincial, e introdujo ligeras modificaciones en la planta del edificio trazado por Cuesta. La mentalidad racionalista de Segundo Viloria, que le lleva a adoptar el concepto de “estilo” como principio arquitectónico, reorientó buena parte del programa decorativo para los interiores del Palacio; su gran aportación a la fábrica.
 
Es importante señalar que el proyecto de construcción del Palacio de la Diputación provincial de Zamora quedó supeditado a la coyuntura política, social, económica, territorial, y administrativa de la época, madurándose a su amparo, de forma evidente e inequívoca. En este sentido, el edificio se revela como verdadero testimonio de toda una época, como verdadero “monumento”.
 
Si obviamos las modificaciones que se llevaron a cabo en los últimos veinte años del siglo XIX, y luego en la década de los años sesenta del siglo XX, podríamos reconstruir fácilmente la traza original de Pablo Cuesta.
 
En el exterior, el afamado escultor Eduardo Barrón González (1858-1911) se encargó de la labra del escudo, tondos, enjutas y jambas de esta portada entre 1878 y 1881, coincidiendo con las vacaciones que le concedía la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, en la que había ingresado pensionado por la Diputación.
 
El avance de las obras permitió que el 14 de agosto de 1880 se trasladaran las oficinas desde el Hospital de Sotelo, si bien los trabajos de decorado y pintura no finalizarían hasta el mes de diciembre de aquel mismo año.

La Corporación confió el proyecto de decorado del Salón de Sesiones (1880-1883) al pintor catalán Ramón Padró y Pedret (1848-1915), que había presentado su boceto bajo el lema “No se ganó Zamora en una hora”. Sin descender a otros pormenores, digamos que la obra de decorado del Salón de Sesiones sirvió para consagrar a Ramón Padró como pintor-decorador, al concebir uno de los ciclos de pintura de historia más notables de España, sin parangón en toda la región, que situaron a Zamora a la vanguardia artística, dentro de los cauces explorados por el eclecticismo.
 
Con el inicio del reinado de Alfonso XIII (1902), y el comienzo de la segunda etapa de la Restauración, se abre un nuevo ciclo para la fábrica del Palacio de la Diputación Provincial. Se pretendía dotar al edificio de mayores comodidades y servicios para adaptarlo, en lo posible, a los modernos sistemas de iluminación eléctrica (1900) y calefacción a vapor (1908-1926).

Hasta los años sesenta del siglo XX no volverán a producirse nuevas reformas de importancia en el edificio, que nuevamente coincidirán con una profunda renovación administrativa. Bajo la presidencia de Arturo Almazán Casaseca y con Antonio Viloria como arquitecto provincial (nieto de Segundo Viloria) se llevaron a cabo varias obras de conservación y mejora, que se justificaban por el estado de abandono en que se encontraba el Palacio Provincial.
 
El edificio pronto empezó a presentar síntomas de inadaptación, por lo que fue Alfonso Crespo Gutiérrez quién formó el proyecto de restauración y rehabilitación del antiguo Hospital de la Encarnación (1974) como nueva sede de las oficinas provinciales. Las obras proyectadas se realizaron durante los mandatos de las Corporaciones provinciales presididas por Juan Seisdedos Robles, Ricardo Gómez Sandoval, José Miguel López Martínez y Luis Cebrián Velarde, finalizándose el 3 de septiembre de 1982 e inaugurándose oficialmente el día 9 de enero de 1983.
 
A partir de esa fecha los distintos ámbitos de la Antigua Casa-Palacio acogieron servicios subsidiarios de la Diputación, como el Conservatorio de Música, la Escuela de Artes y Oficios o la Secretaría del Instituto de Estudios Zamoranos “Florián de Ocampo”.

miércoles, 23 de octubre de 2013

La importancia histórica de la ciudad de Toro

 
Es de sobra conocida la importancia histórica que tuvo la ciudad de Toro a lo largo de la historia. Singulares personajes civiles y eclesiásticos, nacieron, residieron o pasaron por la ciudad dejando diversas huellas de ese paso; sin duda, una de ellas se corresponde con el importante patrimonio monumental llegado a nosotros. De todo ese patrimonio, solamente una representación muy pequeña de edificios de diverso carácter, ha sido objeto de una protección legal, algunos de ellos, como es el caso de la Colegiata, desde el lejano año de 1892; ello no significa que otros muchos carezcan de valores para tal catalogación. En cualquier caso, siempre es agradable recorrer sus intrincadas y estrechas calles, cuyo trazado aún permiten imaginar sus barrios y sus gentes, de los que todavía quedan imágenes evocadoras en algunas de las casonas, en cuyos portalones se venden las hortalizas de su rica huerta, o donde es posible ver los carros de labranza y carruajes de paseo, utilizadas en los desfiles populares. Sin duda, el bagaje monumental e histórico-artístico de Toro bien merece ser conocido.
 
Resulta llamativa la escasa aportación arqueológica que ofrece el subsuelo de la ciudad de Toro, cuya situación dominando el río y su amplia vega le confieren una situación privilegiada como enclave defensivo, como lo fue precisamente a partir de la Edad Media. Y la duda parte de conocer la procedencia del conocido verraco que le da nombre y la identificación de la ciudad con la antigua población celtibérica de Arbocala, aunque los restos arqueológicos correspondientes a esta época son parcos tanto en hallazgos como en extensión, ciñéndose a un extremo de la ciudad conocido como La Baltrasa cuya potencia antrópica es realmente escasa.

 
Siguiendo a Navarro Talegón: “Ningún vestigio arqueológico nos autoriza a ver en el plano urbanístico de Toro huellas del asentamiento preexiste a la orden de repoblación dada por Alfonso III el Magno, a principios del siglo X, época en la que aparece esta ciudad como núcleo importante en la frontera del reino de León.” Sin duda, sus recintos amurallados aportaron una tipología que creó modelo para los de otras poblaciones: la construcción se realiza con mortero de cal y canto rodado a base de “tapias” y coronación de merlones simples, de los que quedan muy pocos ejemplos, habiendo desaparecido sus antiguas puertas y con una planta semicircular cuyo cierre natural lo imponen las llamativas barranqueras.
 
…“El primer cerco murado partía del puente, escalaba por barrancos de un desnivel de cerca de cien metros hasta alcanzar la barbacana del alcázar, en el ángulo S.E.; inmediatamente se abría un postigo en dirección de San Román de Hornija; más hacia el N. al final de la calle de San Lorenzo aparecía la puerta de Morales, continuaba por el N. con las puertas del Mercado (hoy del Reloj) y del Postigo, abarcaba la calle de Trascastillo –donde, al parecer, se alzaba una fuente-y la Plaza de San Pedro, hasta llegar a la puerta de Pozoantiguo; se dirigía por Tablaredonda a la puerta de Adalia y, desde ésta, cortaba la plaza de la Magdalena para, bordeando la calle de Pajaritas, descender por los barrancos y enlazar de nuevo con la cabeza del puente.
 
La cerca del arrabal, de fecha incierta, mucho más amplia que la primitiva, era de gruesos tapiales de tierra sacados de los fosos que la defendían. Estaba reforzada por torres cuadradas colocadas a una distancia aproximada de cincuenta pasos. Enlazaba en el postigo de San Román con la muralla antigua; de allí partía, por el escalón superior del actual paseo del Carmen, hasta la torre de Malpique, en el ángulo S.E.; se dirigía por el E. a la puerta de Corredera, portillo de Santa María la Nueva y puerta de Capuchinos; se doblaba en el ángulo N.O. y, desde la puerta de San Antón, se dirigía a la de Zamora o del Canto, cortándose a poco de pasar la misma, al borde de las pendientes quebradas del S.O., pues éstas hacían inaccesible ese flanco. Entre el alcázar y la torre de Malpique bastó con consolidar dos escalones naturales que por allí corren superpuestos: el uno sirve hoy como paseo del Carmen; el otro constituye el límite de la terraza sobre la que se asienta el caserío. Dos entradas había en este trecho: la Puerta Nueva, abierta como una cuña en la cresta superior, y, en el centro, el portillo de San Marcos. De todo ello subsisten poquísimos vestigios, entre los que sólo merecen mención las puertas de Corredera y Santa Catalina, reconstruidas respectivamente en los siglos XVII y XVIII”.

 
Otro de los aspectos que llama la atención es el aprovechamiento, que aunque difícil, se hizo de las barranqueras, tal y como nos lo representa Antón van der Wingaerde en 1531, donde no sólo los tramos de murallas, sino un buen número de iglesias, como Santa María, San Vicente (S. XIV), Santiago de Tajamones, San Juan y San Pedro “sobre el río”, identificada ésta a través de recientes excavaciones, S. Cebrián y S. Miguel de la Cuesta.

 
Sin embargo, en el interior de estos recintos los puntos más importantes los marcan la Colegiata y El Alcázar. De la primera parte, hacia la Puerta del Mercado o del Reloj, el vial más amplio de la ciudad, formando parte de la Plaza Mayor; el resto de calles son estrechas e intrincadas que parten de las puertas ya citadas, hacia pequeñas plazas formadas en torno a las iglesias, destacando por su amplitud las de santa Marina, san Francisco san Agustín, además de la citada Plaza Mayor, cuya configuración actual adquiere a mediados del siglo XVI, con la construcción del Ayuntamiento- renovado tras un incendio dos siglos después- y la eliminación de parte de sus soportales medievales, de los que todavía subsisten algunos rollizos y pilares ; el cierre septentrional lo constituye la iglesia del Santo Sepulcro, cuya obra original mudéjar ha quedado oculta por una fachada poco llamativa.

 
Pero la belleza de la ciudad de Toro no sólo radica en su topografía sino en los edificios que se mantienen, tanto civiles como religiosos, los cuales contrastan, según que zonas con un caserío humilde. A la emblemática Colegiata con su esbelto cimborrio, trazas románicas o la impresionante portada policromada de la “Majestad” o el transformado Alcázar, de planta romboidal, que por su uso como cárcel en época moderna, se transformó su interior, se desmocharon sus coronamientos y se eliminó la puerta original, se le suman un buen número de iglesias, entre las que destacan las mudéjares, cuya competencia es difícil de mantener a pesar de la desaparición de un buen número de ellas –en un documento del siglo XIV se contabilizan cuarenta-, así como conventos, instituciones benéficas y palacios y casas señoriales, distribuidos por toda la ciudad: iglesia de San Salvador, San Lorenzo el Real, santo Sepulcro….conventos de las Mercedarias y de las Sofías, ambos construidos en edificios palaciegos; de Sancti Spiritus, fundado por la noble de ascendencia portuguesa Teresa Gil; de Santa Clara, o los palacios de los Ulloa, marqués de Alcañices, marqueses de San Miguel de Grox (casa de las Bolas), palacio del Postigo… conviven, como ya se ha dicho, con otras humildes construcciones en espacios y calles que hacen referencia al oficio de sus moradores – Candeleros, Odreros, La Plata o el barrio de los alfareros que tanta fama dio a Toro, como el Negrillo-.
 
Y en este rápido plano no se pueden olvidar las impresionantes bodegas subterráneas que recorren el subsuelo toresano, cuya tradición vinícola queda hoy reflejada en el reflote de una industria floreciente, tras remontar la grave crisis que supuso la filoxera en el siglo XIX.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Petavonium: Roma en Vidriales


Al norte de la provincia de Zamora se encuentran los restos romanos más importantes hallados en la geografía zamorana, lo que se conoce como Campamento de Petavonium, equidistante de las localidades de San Pedro de la Viña, Rosinos de Vidriales (a cuyo término pertenece) y Santibáñez de Vidriales. Toda persona interesada en nuestro pasado histórico tiene en Petavonium un lugar que visitar y disfrutar.
 
La civilización romana se caracterizó, ante todo, por su fuerte pragmatismo. Toda infraestructura, todo monumento poseía un carácter utilitario, servicial. En este sentido, Petavonium fue un asentamiento militar, construido en un lugar estratégico, cercano a la zona donde se desarrolló la contienda con los pueblos cántabros, situadas entre el 26 y el 19 antes de Cristo. Augusto, el primer emperador, sobrino de Julio César, fue el director de esta guerra contra los pueblos del noroeste de la Península Ibérica. Además, Petavonium se hallaba cerca del yacimiento minero de Las Médulas y en plena Vía de la Plata, eje que comunicaba el suroeste con el noroeste de Hispania.
 
El campamento llegó a contar con cinco mil soldados, pertenecientes, por las lápidas halladas, a la Legio X Gemina. Desde este punto estratégico la Legión controlaba la zona, administraba el territorio y, además, reclutaba y entrenaba a los habitantes de los pueblos de los alrededores, ya que ya aceptaban el sometimiento al poder romano. Con el tiempo, se ubicó en Petavonium una fuerza de caballería, integrada por 500 jinetes indígenas, ya con plena ciudadanía romana. Estos caballeros se dedicaron a la vigilancia del comercio de oro. Este nuevo campamento se construyó en el interior del original, ocupando unas cinco hectáreas. Se cree que se utilizó hasta el siglo III de nuestra era. Del antiguo asentamiento, solo se aprovechó parte de la muralla más exterior. El resto fue destruido.
 
El campamento contuvo termas públicas, un templo dedicado a Hércules y acogió, además de a los legionarios, a sus familiares, comerciantes, rameras, esclavos, que seguían a las legiones y se ubicaban cerca de los mismos. La ocupación, durante al menos cuatro siglos, del valle de Vidriales dio lugar a la creación de un núcleo urbano, que tuvo su cénit sobre los siglos II y III, coincidiendo con la nueva aportación de la caballería. De la importancia de Petavonium es prueba contundente que aparezca citado en documentos de los historiadores clásicos romanos como Tito Livio, Estrabón y Plinio el Viejo.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Sobre la villa de Villalpando y la Puerta de San Andrés

 
Prescindiendo de restos prehistóricos, aparece ya citado como Alpando en documentación de Sahagún del año 998, pero su despegue le llegó con la repoblación de Fernando II hacia 1170. Fue villa de los Templarios. Enrique II la entregó a Arnao de Solier, mercenario francés, a través del matrimonio de cuya hija María pasó a los Velasco, Condestables de Castilla. De su palacio, construido por Micer Benedito en 1427, apenas quedan unos muros y la base de un torreón, reutilizada para sostener un depósito de agua.

De sus murallas se conservan algunos restos, desgraciadamente no muchos, construidos de cal y canto rodado de cuarcita, de distinta altura dependiendo de su grado de degradación. Entre los autores que las han estudiado no hay acuerdo sobre su trazado y en particular su cronología, lo que sí parece cierto es que en absoluto se debieron a una sola campaña constructiva, sino que por el contrario se levantarían en gran parte a lo largo de los siglos XII y XIII. En origen tuvieron cuatro puertas; perdidas las de Santa María y San Lorenzo, sólo conserva las de Santiago y San Andrés. Para L. Calvo existió una muralla anterior a 1163, sin embargo para Gómez Moreno la villa sería fortificada a finales del siglo XII con Fernando II, y desde luego, bien van con ese momento los arcos apuntados y bóvedas de cañón que cierran las susodichas puertas y así se organiza un espacio abierto en ésta de San Andrés, entre dos fuertes cubos circulares, hechos con sillares de tosca labra por fuera y canto rodado al interior; también es de sillería el lienzo que va entre ellos, con almenas que coronan asimismo las torres.

El arco, por la parte exterior del recinto, adorna su rosca apuntada con pomas, flores, aspas y molduras; sobre él se labró un espacio rectangular organizado por el cordón franciscano inscrito en un alfiz; ese espacio se subdivide en dos por una moldura, con bolas que aparecen también cerrando por abajo el mentado rectángulo; el sector inferior acoge los escudos de la villa, con saeteras al lado, y el superior los muy erosionados de los Velasco, señores del lugar, y entre ellos una pequeña hornacina, hoy vacía, con rosca y jambas pometeadas. Todo parece obra de comienzos del siglo XVI. Por el interior de la cerca el arco es asimismo apuntado, resuelto con pequeñas dovelas y sin nada que lo ennoblezca.

domingo, 25 de agosto de 2013

Puebla de Sanabria, paraíso pétreo


Puebla de Sanabria se localiza en el extremo noroccidental de la provincia de Zamora, en una boscosa comarca de lagos y torrentes. El pueblo se asienta sobre el llano, en la cima de una encrespada mole de roca desde donde se contempla todo el valle y las cumbres, casi siempre nevadas, de la Cabrera y la Segundera, con la sierra de la Atalaya en primer término.
 
Desde la Edad Media, el emplazamiento donde hoy está Puebla fue considerado especialmente estratégico por el dominio que desde él se tenía del amplio valle en el que se encuentran el río Castro y el Tera, paso obligado, camino y vereda real que enlazaban Castilla y Galicia.
 
Aunque Puebla de Sanabria aparece citada por primera vez en las Actas del Concilio de Lugo del año 569 como Senabria, no es hasta el s. XII cuando de forma tardía se repuebla la que fue llamada Urbe Senabrie, centro organizador de una gran territorio circundante. En el 1220, cuando ya era un lugar fortificado y servía como defensa fronteriza de los reinos leoneses frente a Portugal, el rey Alfonso IX de León le concede a la villa el Fuero de Sanabria, posteriormente confirmado por Alfonso X, el Sabio. Avanzado ya el s XIII, la importancia económica y político-militar de Puebla de Sanabria se mantiene, legando a reconocerse como una de las más importantes plazas de armas clave en el reino.
 
Durante los siglos siguientes la villa pasó a manos de una gran sucesión de grandes familias (los Benavides, los Losada...), hasta que la consiguieron los Condes de Benavente, que durante más de cuatro siglos fueron los señores de la villa, que levantaron el castillo quizá sobre una fortificación anterior.
 
Simultáneamente al resto de la villa surgió el arrabal de San Francisco. El asentamiento de población fuera del los recintos amurallados era muy habitual con una vecindad muy numerosa que llegaba a superar a la del propio recinto intramuros. Llegó un momento en el que una vez que los muros de las villas hubieron perdido la función defensiva propia del medievo, adquirieron una nueva finalidad: controlar el pago de los portazgos, fielatos y otros impuestos de tipo mercantil. Una prueba de esto son los documentos del s. XVIII, que con el fin de invitar a la población a no residir en el arrabal sino en el interior de la villa y poder afianzar así sus contribuciones aseguraban: "en dicha villa se aseguran los derechos reales por ser plaza de armas zercada de muralla y cerrase todas las noches sus puertas, en cambio, en el arrabal se cometen muchos y continuos fraudes... por estar havierto y no tener el resguardo y defensa que se necesita para evitarlos".
 
Entre las construcciones más relevantes de la villa, cabe destacar la iglesia de Santa María del Azogue, el Ayuntamiento y el Castillo de los Condes de Benavente, de los que hablaré pormenorizadamente en próximos artículos.