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domingo, 1 de marzo de 2026

miércoles, 11 de diciembre de 2013

San Martín de Castañeda, un lugar privilegiado

El monasterio de San Martín de Castañeda fue construido en un lugar privilegiado por la naturaleza, uniendo de esta forma belleza arquitectónica y paisajística, pues a sus pies se encuentra el Lago de Sanabria, sobre el que los monjes obtuvieron en el año 916 el derecho de pesca. La estancia de los frailes en este lugar se documenta ya hacia el mencionado año, cuando era abad Martín; aunque hay algún autor que adelanta la fecha al año 897. Donaciones y compras a lo largo de los siglos X al XII acrecentaron su patrimonio, además a mediados de esa centuria gozaron de la protección de Alfonso VIII, que va a donar el monasterio a Pedro Cristiano, monje de Carracedo y amigo de San Bernardo, y a cuantos acepten la regla benedictina. En el año de 1207 se incorporará, no sin resistencia previa, a la orden del Císter.
 
Parte de su primitiva historia quedó recogida en una lápida, colocada en el hastial de poniente, que traducida dice así: “Este lugar antiguamente dedicado en honor de San Martín, de reducidas dimensiones, permaneció en ruinas largo tiempo, hasta que el abad Juan vino de Córdoba y consagró aquí un templo, levantó sus ruinas desde los cimientos y lo reconstruyó con piedra labrada, no por orden imperial y sí por la incesante diligencia de los monjes. Estas obras se acabaron en cinco meses, reinando Ordoño (II), en el año 921”. Evidentemente se trataría de un monasterio mozárabe del que no ha llegado más que algunos restos dispersos, unos en la propia iglesia y otros situados en edificios del propio pueblo. Del reconstruido monasterio a partir de 1150 sólo permanece su monumental iglesia, y ello por haber servido de parroquia, y alguna dependencia como el pabellón de entrada, la sala capitular...
 
Siguiendo a José Ramón Nieto González, cuenta con una planta de cruz latina con cabecera triabsidal escalonada, crucero ligeramente marcado en planta y bien potenciado en altura y tres naves de cuatro tramos, con lo que en definitiva parece inspirarse en la catedral zamorana, sin embargo en San Martín las pilas son cruciformes hacia las naves laterales y cuadradas hacia la central. En cuanto a cubiertas hay que registrar las consabidas bóvedas de horno en los semicírculos absidales y cañón apuntado en los tramos rectos que los preceden; estas capillas quedan separadas de sus correspondientes naves por arcos semicirculares en las laterales y por uno peraltado en la central; también la nave principal y los brazos del crucero se cierran con bóvedas de cañón agudo, pero en el centro de éste se elevó una nervada y baída, tal vez inspirada en el monasterio de Moreruela, cuyos nervios apean sobre ménsulas de rollos. Las naves secundarias se techan con bóvedas de arista, de mampostería de pizarra, pero alguna hubo de reforzarse con nervios; existe igualmente una de arista en la nave de la epístola.
 
De particular belleza es su cabecera por el exterior; el ábside central se anima por cuatro columnas que lo dividen en cinco calles, más estrechas las extremas, abriendo las anchas una ventana por lienzo sobre columnas con capiteles vegetales esquematizados que apean dos arcos. La cornisa, de tipo zamorano, corre sobre canecillos triangulares. Los absidiolos presentan tres columnas con capiteles vegetales organizando cuatro carrerras; rasgan una ventana con un solo arco redondo sobre columnitas. Capiteles y canecillos son similares a los de la capilla mayor. También es de gran belleza el hastial norte del crucero con una arquería ciega de cuatro arcos alancetados sobre esbeltas columnas con capiteles vegetales en su cuerpo medial; en lo alto, bajo la cubierta a dos aguas, se abre una ventana con arco semicircular.
 
En general, el edificio se caracteriza por la contención decorativa, pero no obstante hay una larga serie de capiteles en las ventanas y pilares de las naves que lucen motivos geométricos, vegetales y en menor medida figurados, tal vez por la dificultad objetiva del material, el granito. Esa dureza dificulta también la identificación de las marcas de cantería repartidas tanto por el interior como por el exterior del templo.
 
De la puerta del hastial de poniente poco queda en su estado original, pues se reformó en 1571 empotrando un relieve granítico de San Martín y el pobre y escudos, no obstante se conserva el óculo con zig-zag y puntas de diamante. En lo alto se rasgó un óculo. Remata todo una espadaña dieciochesca. En la nave meridional se conservan dos portadas; la tangente al brazo del crucero voltea cinco arcos escalonados sobre columnas con capiteles vegetales; la otra, a los pies de la nave, tiene arco doblado; una y otra comunicarían con dependencias conventuales y con el claustro del que sólo se conservan arcosolios agudos y arranques de bóvedas de terceletes, ya del siglo XVI, cuando también se construyó la sala capitular, cubierta con dos bóvedas de crucería ya con ornatos renacentistas.
 
Fueron importantes las obras llevadas a cabo en el siglo XVIII, que en gran medida rehicieron varias dependencias monacales, como la actual entrada al conjunto, pero mayor interés tiene la fachada barroca, de 1760, que potencia el eje central, donde se abre la puerta bajo un balcón volado entre pilastras cajeadas y decoradas con placas recortadas, que indican procedencia gallega.
El conjunto fue restaurado por Luis Menéndez-Pidal y Francisco Pons Sorolla y recientemente por Garcés, que ha utilizado criterios muy atinados.
 

domingo, 25 de agosto de 2013

Puebla de Sanabria, paraíso pétreo


Puebla de Sanabria se localiza en el extremo noroccidental de la provincia de Zamora, en una boscosa comarca de lagos y torrentes. El pueblo se asienta sobre el llano, en la cima de una encrespada mole de roca desde donde se contempla todo el valle y las cumbres, casi siempre nevadas, de la Cabrera y la Segundera, con la sierra de la Atalaya en primer término.
 
Desde la Edad Media, el emplazamiento donde hoy está Puebla fue considerado especialmente estratégico por el dominio que desde él se tenía del amplio valle en el que se encuentran el río Castro y el Tera, paso obligado, camino y vereda real que enlazaban Castilla y Galicia.
 
Aunque Puebla de Sanabria aparece citada por primera vez en las Actas del Concilio de Lugo del año 569 como Senabria, no es hasta el s. XII cuando de forma tardía se repuebla la que fue llamada Urbe Senabrie, centro organizador de una gran territorio circundante. En el 1220, cuando ya era un lugar fortificado y servía como defensa fronteriza de los reinos leoneses frente a Portugal, el rey Alfonso IX de León le concede a la villa el Fuero de Sanabria, posteriormente confirmado por Alfonso X, el Sabio. Avanzado ya el s XIII, la importancia económica y político-militar de Puebla de Sanabria se mantiene, legando a reconocerse como una de las más importantes plazas de armas clave en el reino.
 
Durante los siglos siguientes la villa pasó a manos de una gran sucesión de grandes familias (los Benavides, los Losada...), hasta que la consiguieron los Condes de Benavente, que durante más de cuatro siglos fueron los señores de la villa, que levantaron el castillo quizá sobre una fortificación anterior.
 
Simultáneamente al resto de la villa surgió el arrabal de San Francisco. El asentamiento de población fuera del los recintos amurallados era muy habitual con una vecindad muy numerosa que llegaba a superar a la del propio recinto intramuros. Llegó un momento en el que una vez que los muros de las villas hubieron perdido la función defensiva propia del medievo, adquirieron una nueva finalidad: controlar el pago de los portazgos, fielatos y otros impuestos de tipo mercantil. Una prueba de esto son los documentos del s. XVIII, que con el fin de invitar a la población a no residir en el arrabal sino en el interior de la villa y poder afianzar así sus contribuciones aseguraban: "en dicha villa se aseguran los derechos reales por ser plaza de armas zercada de muralla y cerrase todas las noches sus puertas, en cambio, en el arrabal se cometen muchos y continuos fraudes... por estar havierto y no tener el resguardo y defensa que se necesita para evitarlos".
 
Entre las construcciones más relevantes de la villa, cabe destacar la iglesia de Santa María del Azogue, el Ayuntamiento y el Castillo de los Condes de Benavente, de los que hablaré pormenorizadamente en próximos artículos.